Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Pero aun me aconteció un accidente más peligroso en aquel mismo jardín, en ocasión de haberse retirado mi niñera a otra parte de él con su aya y algunas damas amigas, creyendo dejarme en lugar seguro -lo que con frecuencia le suplicaba que hiciese, para recrearme a solas con mis pensamientos- y de haberse dejado en casa mi caja para evitarse la molestia de llevarla. Lejos Glumdalclitch, donde yo no la veía ni podía llegar hasta ella mi voz, un sabuesillo blanco, propiedad del jardinero, que por casualidad había entrado en el jardín, acertó a pasar cerca del sitio en que me hallaba. El perro, siguiendo el rastro, se vino derecho a mí, y cogiéndome con la boca corrió a su amo moviendo la cola y me dejó suavemente en el suelo. Por suerte le habían adiestrado tan bien, que fuí transportado entre sus dientes sin sufrir el daño más ligero, ni siquiera desgarramiento de ropa; pero el infeliz jardinero, que me conocía sobradamente y sentía gran afecto por mí, se llevó un susto terrible. Me levantó suavemente en ambas manos y me preguntó si me había pasado algo; pero estaba yo tan pasmado y sin aliento, que no le pude responder palabra. A los pocos minutos volví en mí y él me llevó indemne a mi niñera, quien, en tanto, había vuelto al sitio en que me dejara, y, no hallándome ni obteniendo respuesta a sus llamadas, estaba en mortales angustias. Amonestó al jardinero severamente por lo que su perro había hecho; mas la cosa se ocultó y jamás se supo en la corte, pues la niña temía el enfado de la reina, y en cuanto a mí he de decir francamente que pensé que no haría ningún provecho a mi fama que se extendiera semejante historia.