Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver No sé qué era más grande, si mi complacencia o mi mortificación al observar en aquellos paseos solitarios que los pájaros más pequeños no mostraban miedo ninguno de mÃ; antes bien, brincaban a mi alrededor a una yarda de distancia, buscando gusanos y otras cosas que comer, con la misma indiferencia y seguridad que si no hubiera ser ninguno junto a ellos. Recuerdo que un tordo se tomó la libertad de arrebatarme de la mano con el pico un trozo de bollo que Glumdalclitch acababa de darme para desayuno. Cuando intentaba coger alguno de estos pájaros, se me revolvÃan fieramente, tirándome picotazos a los dedos, que yo cuidaba de no poner a su alcance, y luego, con toda despreocupación, seguÃan saltando a caza de gusanos y caracoles, como antes. Un dÃa, sin embargo, cogà un buen garrote y se lo tiré con toda mi fuerza y tan certeramente a un pardillo, que lo tumbé del golpe, y,cogiéndole por el cuello con las dos manos, corrà a mi niñera llevándolo en triunfo. Pero el pájaro que sólo habÃa quedado aturdido, se recobró y me dio tantos golpes con las alas a ambos lados de la cabeza y del cuerpo, que, aun cuando lo mantenÃa apartado con los brazos extendidos y estaba fuera del alcance de sus garras, veinte veces estuve por dejarle escapar. Mas pronto vino en mi auxilio uno de nuestros criados, que retorció al pájaro el pescuezo, y al dÃa siguiente me lo dieron para almorzar por orden de la reina. Este pardillo, por lo que recuerdo, venÃa a ser algo mayor que un cisne de Inglaterra.