Los Viajes de Gulliver

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Un día, un joven caballero, sobrino del aya de mi niñera, vino e invitó a las dos insistentemente a que fuesen a ver una ejecución: la de un hombre que había asesinado precisamente a uno de los amigos íntimos de aquel caballero. A Glumdalclitch la convencieron para que fuese de la partida, muy contra su inclinación, porque era naturalmente compasiva; y por lo que a mí toca, aunque aborrezco esta naturaleza de espectáculos, me tentaba la curiosidad de ver una cosa que suponía que debía de ser extraordinaria. El malhechor fue sujeto a una silla en un cadalso levantado al efecto y le cortaron la cabeza de un tajo con una espada de cuarenta pies de largo aproximadamente. Las venas y arterias arrojaron tan prodigiosa cantidad de sangre y a tal altura, que el gran jeu d'eau de Versalles no se le igualaba mientras duró; y la cabeza, al caer, dio contra el piso del cadalso un golpazo tan grande, que me hizo estremecer, aunque estaba yo, por lo menos, a media milla inglesa de distancia.







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