Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Cuando, una vez restablecido, me presenté al rey para darle las gracias por sus favores, él se dignó bromear grandemente con motivo de la aventura. Me preguntó qué pensamientos y cálculos eran los míos cuando estaba en la garra del mono, qué tal me supo la comida que me dio y si el aire fresco que corría por el tejado me había abierto el apetito. Me interrogó también qué hubiera hecho en mi propio país en ocasión semejante. Yo dije a Su Majestad que en Europa no teníamos monos, aparte de los que se llevaban de otros sitios por curiosidad, y éstos eran tan pequeños, que yo podía habérmelas con una docena a la vez si acaso se les ocurriera atacarme. Y en cuanto a aquel monstruoso animal con quien había tenido que vérmelas recientemente -y que era, sin duda, tan grande como un elefante-, si el temor no me hubiese impedido caer en la cuenta de que podía utilizar mi alfanje -dije esto con expresión fiera y golpeando con la mano la guarnición- cuando metió la garra en mi cuarto, quizá le hubiese hecho herida tal que se hubiera tenido por muy contento con poder retirarla más aprisa de lo que la había metido. Pero mi discurso no produjo otro efecto que una fuerte risotada, que todo el respeto debido a Su Majestad no pudo contener en aquellos que le daban asistencia. Esto me hizo reflexionar cuán vano intento es en un hombre el de hacerse honor a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o de comparación con él. Y, sin embargo, he visto con gran frecuencia la moral de mi conducta de entonces a mi regreso a Inglaterra, donde un belitre despreciable cualquiera, sin el menor título por nacimiento, calidad, talento ni aun sentido común, se hace el importante y pretende ser uno con las personas más altas del reino.