Los Viajes de Gulliver

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Al mismo tiempo aquello me sugirió una diversión en que pasé muchas de mis horas de ocio. Pedí a la dama de la reina que me guardara el pelo que Su Majestad soltase cuando se la peinaba, y pasado algún tiempo tuve cierta cantidad. Consulté con mi amigo el ebanista, que tenía orden de hacerme los trabajillos que necesitase, y le encargué la armadura de dos sillas no mayores que las que tenía en mi caja y que practicara luego unos agujeritos con una lezna fina alrededor de lo que había de ser respaldo y asiento. Por estos agujeros pasé los cabellos más fuertes que pude hallar, al modo que se hace en las sillas de mimbres en Inglaterra. Cuando estuvieron terminadas las regalé a Su Majestad la reina, quien las puso en su gabinete y las mostraba como una curiosidad; y, en efecto, eran el asombro de todo el que las veía. Quiso la reina que yo me sentase en una de aquellas sillas; pero me negué resueltamente a obedecerla, protestando que mejor moriría mil veces que colocar mi cuerpo en aquellos cabellos preciosos que en otro tiempo adornaron la cabeza de Su Majestad. De estos cabellos -como siempre tuve gran disposición para los trabajos manuales- hice también una bonita bolsa de unos cinco pies de largo, con el nombre de Su Majestad en letras de oro; bolsa que di a Glumdalclitch con permiso de la reina. A decir verdad, más era de capricho que para uso, pues no era lo bastante fuerte para resistir el peso de las monedas grandes, y, de consiguiente, Glumdalclitch sólo guardaba en ella algunas de esas chucherías a que las niñas son tan aficionadas.


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