Los Viajes de Gulliver

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Cuando llegué a mi casa, por la que tuve que preguntar, un criado abrió la puerta y yo me bajé para entrar, temeroso de darme en la cabeza. Mi mujer salió corriendo a besarme, pero yo me agaché hasta más abajo de sus rodillas creyendo que de otro modo no podría alcanzarme a la boca. Mi hija se puso de rodillas para que le diese mi bendición, pero yo no la vi hasta que se hubo levantado, hecho como estaba de tanto tiempo a dirigir la cabeza y los ojos para mirar a más de sesenta pies, y luego fuí a levantarla cogiéndola con una mano por la cintura. Miraba de arriba abajo a los criados y a dos o tres amigos que había en casa, como si ellos fuesen pigmeos y yo un gigante. Dije a mi esposa que se había mostrado económica en demasía, pues apreciaba que ella y su hija estaban consumidas de hambre. En suma, me comporté de modo tan inexplicable, que todos fueron de la opinión que formó el capitán al principio de verme y dieron por cierto que había perdido el juicio. Cito esto como ejemplo de la gran fuerza de la costumbre y el prejuicio.

 





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