Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Entré en otra habitación, en que de las paredes y del techo colgaban telarañas todo alrededor, excepto un estrecho paso para que el artista entrara y saliera. Al entrar yo me gritó que no descompusiese sus tejidos. Se lamentó de la fatal equivocación en que el mundo había estado tanto tiempo al emplear gusanos de seda, cuando tenemos tantísimos insectos domésticos que infinitamente aventajan a esos gusanos, porque saben tejer lo mismo que hilar. Díjome luego que empleando arañas, el gasto de teñir las sedas se ahorraría totalmente; de lo que me convenció por completo cuando me enseñó un enorme número de moscas de los colores más hermosos, con las que alimentaba a sus arañas, al tiempo que me aseguraba que las telas tomaban de ellas el tinte. Y como las tenía de todos los matices, confiaba en satisfacer el gusto de todo el mundo tan pronto como pudiese encontrar para las moscas un alimento, a base de ciertos aceites, gomas y otra materia aglutinante, adecuado para dar fuerza y consistencia a los hilos.
Vi un astrónomo que había echado sobre sí la tarea de colocar un reloj de sol sobre la veleta mayor de la Casa Ayuntamiento, ajustando los movimientos anuales y diurnos de la Tierra y el Sol de modo que se correspondiesen y coincidieran con los cambios accidentales del viento. Visité muchas habitaciones más; pero no he de molestar al lector con todas las rarezas que vi, en gracia a la brevedad.