Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Después mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque algo enmohecida por el agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo reluciente. Lo hice así, e inmediatamente todas las tropas lanzaron un grito entre de terror y sorpresa, pues al sol brillaba con fuerza, y les deslumbró el reflejo que se producía al flamear yo la cimitarra de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe por demás animoso, se intimidó mucho menos de lo que yo podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla al suelo lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia del extremo de mi cadena. Pidió después una de las columnas huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo saqué, y, conforme a su deseo, le expliqué como pude para qué servía; y cargándolo sólo con pólvora, la cual, gracias a lo bien cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar -percance contra el cual tiene buen ciudado de precaverse todo marinero avisado-, advertí primero al emperador que no se asustara y luego tiré al aire. Aquí el asombro fue mucho mayor que a la vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos de repente, y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse en un rato. Entregué los dos pistoletes del mismo modo que había entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la pólvora y las balas, previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego, pues con la más pequeña chispa podía inflamarse y hacer volar por los aires su palacio imperial. De la misma manera entregué mi reloj, al que el emperador tuvo tan gran curiosidad por ver, que mandó a dos de los más corpulentos soldados de su guardia que lo sostuvieran sobre un madero en los hombros, como hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de cerveza. Se asombró del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero, que él podía fácilmente percibir -porque la vista de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y requirió la opinión de algunos de sus sabios que tenía próximos, opiniones que fueron varias y apartadas, como el lector puede bien imaginar sin que yo se las repita, aunque, desde luego, no pude entenderlas muy perfectamente. Luego entregué las monedas de plata y de cobre, la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas; el cuchillo y la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo y el libro diario. La cimitarra, los pistoletes y la bolsa de la carga fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad; pero las demás cosas me fueron devueltas.