Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver En el tiempo esperado, aproximadamente, llegó el despacho de la corte. Contenía una cédula para que me llevasen con mi acompañamiento a Traldragdubb o Trildrogdrib -pues de ambas maneras se pronuncia, según creo recordar-, guardado por una partida de diez hombres de a caballo. Todo mi acompañamiento se reducía al pobre muchacho que me servía de intérprete, y a quien pude persuadir de que quedase a mi servicio; y gracias a mis humildes súplicas se nos dio a cada uno una mula para el camino. Se despachó a un mensajero media jornada delante de nosotros para que diese al rey noticia de mi próxima llegada y rogar a Su Majestad que se dignase señalar el día y la hora en que hubiera de tener la graciosa complacencia de permitirme el honor de lamer el polvo de delante de su escabel. Éste es el estilo de la corte y, según tuve ocasión de apreciar, algo más que una simple fórmula, pues al ser recibido dos días después de mi llegada se me ordenó arrastrarme sobre el vientre y lamer el suelo conforme avanzase; pero teniendo en cuenta que era extranjero, se había cuidado de limpiar el piso de tal suerte, que el polvo no resultaba muy molesto. Sin embargo, ésta era una gracia especial, sólo dispensada a personas del más alto rango cuando solicitaban audiencia. Es más: algunas veces, cuando la persona que ha de ser recibida tiene poderosos enemigos en la corte, se esparce polvo en el suelo de propósito; y yo he visto un gran señor con la boca de tal modo atracada, que cuando se hubo arrastrado hasta la distancia conveniente del trono no pudo hablar una palabra siquiera. Y lo peor es que no hay remedio, porque es delito capital en quienes son admitidos a audiencia escupir o limpiarse la boca en presencia de Su Majestad.