Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Murieron en mi barco varios hombres de calenturas, hasta el punto de que tuve que reclutar gente en las islas Barbada y Leeward, donde toqué por instrucción de los comerciantes que me habían comisionado; pero pronto tuve ocasión de arrepentirme, pues supe que la mayor parte de los reclutados habían sido filibusteros. Llevaba yo a bordo cincuenta manos, y mis órdenes eran comerciar con los indios en el mar del Sur y hacer los descubrimientos que pudiese. Los bribones que había recogido me corrompieron a los demás hombres y todos ellos se conjuraron para apoderarse del barco y hacerme prisionero, lo que realizaron una mañana irrumpiendo en mi camarote, atándome de pies y manos y amenazándome con lanzarme al mar si se me ocurría moverme. Les dije que era su prisionero y obedecería. Me hicieron jurarlo y después me desataron, dejándome sujeto solamente por un pie con una cadena, cerca de mi cama, y me pusieron a la puerta un certinela con el fusil cargado y orden de matarme de un tiro si pretendía escapar. Me bajaron de comer y beber y se apoderaron del gobierno del barco. Su designio era hacerse piratas y saquear a los españoles, lo que no podían emprender hasta tener más gente. Determinaron vender primero las mercancías que llevaba el buque e ir luego a Madagascar para reclutar hombres, pues varios de ellos habían muerto durante mi prisión. Navegaron muchas semanas y traficaron con los indios; pero yo ignoraba el rumbo que seguían, reducido estrechamente como estaba a mi camarote, sin más esperanza que morir asesinado, conforme a las frecuentes amenazas de que era objeto.