Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver En medio de este apuro, vi que todos echaban a correr de repente con la mayor velocidad de que eran capaces; con lo cual yo me arriesgué a separarme del árbol y seguir el camino, admirado de qué podría haber sido lo que los asustase de tal modo. Pero mirando hacia mi siniestra mano vi un caballo que marchaba por el campo reposadamente, y que, visto antes-que por mí por mis perseguidores, era la causa de su huida. El caballo se estremeció un poco cuando llegó cerca de mí, pero se recobró pronto y me miró cara a cara con manifiestos signos de asombro; me inspeccionó las manos y los pies dando varias vueltas a mi alrededor. Quise continuar mi marcha; pero él se atravesó en mi camino, aunque con actitud muy apacible y sin intención alguna de violencia en ningún momento. Permanecimos un rato mirándonos con atención; por fin, me atreví a alargar la mano hacia su cuello con propósito de acariciarle, empleando el sistema y el silbido de los jockeys cuando se preparan a montar un caballo que no conocen. Pero este animal pareció recibir con desdén mis atenciones; movió la cabeza y arqueó las cejas, al tiempo que levantaba suavemente la mano derecha como si quisiera desviar la mía. Después relinchó tres o cuatro veces, pero con cadencias tan distintas, que casi empecé a pensar que estaba hablándose a sí mismo en algún idioma propio.