Los Viajes de Gulliver

Los Viajes de Gulliver

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En esta lamentable situación avancé y pronto pisé tierra firme; me senté en un montón de arena para descansar y pensar cuál sería mi mejor partido. Cuando hube descansado un poco me interné en el país, resuelto a entregarme a los primeros salvajes que encontrara y comprar mi vida con algunos brazaletes, anillos de vidrio y otras chucherías de las que generalmente llevan los marinos en esta clase de viajes, y yo conservaba algunas conmigo. Cortaban la tierra largas filas de árboles, no plantados con regularidad, sino nacidos naturalmente; había hierba en gran cantidad y varios campos de avena. Andaba yo con gran precaución, temeroso de verme sorprendido o herido de pronto por una flecha que me disparasen por detrás o por un lado. Entré en un camino muy trillado donde se veían numerosas pisadas humanas, algunas de vacas, y de caballos muchas más. Por fin descubrí varios animales en un campo y uno o dos de la misma especie subidos en árboles. Su facha irregular y disforme me inquietó bastante, hasta tal punto, que me tumbé detrás de una espesura para examinarlos mejor. La circunstancia de venir algunos hacia el sitio en que yo yacía me dio ocasión de apreciar su forma exactamente. Tenían la cabeza y el pecho cubierto de espeso pelambre, rizado en unos y laso en otros; sus barbas eran de cabra, y largos mechones de pelo les caían por los lomos y les cubrían la parte anterior de las patas y los pies; pero el resto del cuerpo lo tenían desnudo y me dejaba verles la piel, de un color amarillento obscuro. No tenían cola y solían sentarse y tumbarse; con frecuencia se sostenían en los pies traseros. Trepaban a los árboles más altos con prontitud de ardilla, para lo cual contaban con grandes garras abiertas en las cuatro extremidades, ganchudas y de puntas afiladas. A menudo daban brincos, botes y saltos con prodigiosa agilidad. Las hembras no eran tan grandes como los machos; tenían en la cabeza pelo largo y laso, pero ninguno en la cara, ni más que una especie de vello en el resto del cuerpo. El pelo era en ambos sexos de varios colores: moreno, rojo, negro, amarillo. En conjunto, nunca vi en mis viajes animal tan desagradable ni que me inspirase tan honda repugnancia. Así, creyendo haber visto bastante, lleno de desprecio y aversión, me levanté y seguí el camino con la esperanza de que me llevase a la cabaña de algún indio. No había andado mucho cuando encontré que me cerraba el camino y venía directamente hacia mí uno de los animales que he descrito. El horrible monstruo, al verme, torció repetidamente todas las facciones de su cara y quedó mirándome fijamente, como a algo que no hubiese visto en su vida; y luego, acercándoseme más, levantó la pata delantera, no sé si llevado de curiosidad o de malas intenciones. Yo saqué mi alfanje y le di un buen golpe de plano, no atreviéndome a darle con el filo por si los habitantes se enconaban contra mí al saber que había muerto o dejado inútil a una pieza de su ganado. Cuando la bestia sintió el golpe se hizo atrás y rugió tan fuerte, que una manada de cuarenta, lo menos, se vino en tropel sobre mí desde el campo inmediato, aullando y haciendo gestos horribles; pero yo corrí al tronco de un árbol, y guardándome con él la espalda los contuve a distancia blandiendo el alfanje


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