Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver A eso de las doce del día vi venir hacia la casa una especie de vehículo arrastrado, como un trineo, por cuatro yahoos. Iba en él un hermoso caballo viejo, que parecía de calidad; se apeó apoyándose en los cuartos traseros, pues un accidente le tenía herida una pata delantera. Venía a comer con nuestro caballo, que le recibió con gran cortesía. Comieron en la mejor estancia y tuvieron de segundo plato avena cocida con leche, que el caballo viejo comió caliente, y los demás, en frío. Habían dispuesto los pesebres circularmente en medio de la pieza y dividídolos en varios compartimientos, y alrededor se habían sentado sobre las ancas en montones de paja. En el centro había un enrejado de madera lleno de heno, con ángulos correspondientes a cada partición del pesebre; así, que cada caballo o yegua comía de su propio heno y su propia mezcla de avena y leche, con mucha limpieza y regularidad. Las jacas y las crías observaban conducta muy respetuosa, y el dueño y la dueña se deshacían en amables extremos con su huésped. El rucio me mandó que me pusiera a su lado, y él y su amigo tuvieron larga conversación referente a mí, según pude conocer en que el invitado me miraba con frecuencia y en la frecuente repetición de la palabra yahoo.