Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Dos o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo a la corte con este género de cosas, cuando llegó un correo a informar a Su Majestad de que un súbdito suyo, paseando a caballo cerca del sitio donde me habían hallado por primera vez, había visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma muy extraña, que alcanzaba por los bordes la extensión del dormitorio de Su Majestad y se levantaba por el centro a la altura de un hombre, y que no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía sobre la hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta a su alrededor varias veces; subiéndose unos en los hombros de otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y golpeando en ella, descubierto que estaba hueca; con todos los respetos, habían pensado que podía ser algo perteneciente al Hombre-Montaña, y si Su Majestad lo mandaba estaban dispuestos a encargarse de llevarlo con sólo cinco caballos. Entonces me di cuenta de lo que querían decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según parece, al llegar a la playa después del naufragio, me encontraba yo en tal estado de confusión, que antes de ir al sitio donde me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a mi cabeza con un cordón mientras remaba, y se me había mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me cayó; el cordón, supongo, se rompería por cualquier accidente que yo no advertí. Yo creía que el sombrero se me había perdido en el mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo que le expliqué su empleo y su naturaleza, y al siguiente día los acarreadores llegaron con él, aunque no en muy buen estado. Habían practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido dos ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de una larga cuerda a los arneses, y de esta suerte arrastraron mi sombrero más de media milla inglesa; pero como el piso de aquel país es extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño del que se pudiera temer.