Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Mi amo seguÃa sin explicarse de ningún modo qué motivos podÃan excitar a esta raza de abogados a atormentarse, inquietarse, molestarse y constituirse en una confederación de injusticia sencillamente con el propósito de hacer mala obra a sus compañeros de especie; y tampoco entendÃa lo que yo querÃa decirle cuando le hablaba de que lo hacÃan por salario. Me vi y me deseé para explicarle el uso de la moneda, las materias de que se hace y el valor de los metales; que cuando un yahoo lograba reunir buen repuesto de esta materia preciosa podÃa comprar lo que le viniera en gana, los más lindos vestidos, las casas mejores, grandes extensiones de tierra, las viandas y bebidas más costosas, y podÃa elegir las hembras más bellas. En consecuencia, como sólo con dinero podÃan lograrse estos prodigios, nuestros yahoos creÃan no tener nunca bastante para gastar o para guardar, según que una propensión natural en ellos los inclinase al despilfarro o a la avaricia. Le expliqué que los ricos gozaban el fruto del trabajo de los pobres, y los últimos eran como mil a uno en proporción a los primeros, y que la gran mayorÃa de nuestras gentes se veÃan obligadas a vivir de manera miserable, trabajando todos los dÃas por pequeños salarios para que unos pocos viviesen en la opulencia. Me extendà en estos y otros muchos detalles encaminados al mismo fin; pero su señorÃa seguÃa sin entenderme, pues partÃa del supuesto de que todos los animales tienen derecho a los productos de la tierra, y mucho más aquellos que dominan sobre todos los otros. De consiguiente, me pidió que le diese a conocer cuáles eran aquellas costosas viandas y cómo se nos ocurrÃa desearlas a ninguno. Le enumeré cuantas se me vinieron a la memoria, con los diversos métodos para aderezarlas, cosa ésta que no podÃa hacerse sin enviar embarcaciones por mar a todas las partes de la tierra, asà como para buscar licores que beber y salsas y otros innumerables ingredientes. Le aseguré que habÃa que dar tres vueltas por lo menos a toda la redondez del mundo para que uno de nuestros yahoos hembras escogidos pudiese tomar el desayuno o tener una taza en que verterlo. DÃjome que habÃa de ser aquél un paÃs bien pobre cuando no producÃa alimento para sus habitantes; pero lo que le asombraba principalmente era que en aquellas vastas extensiones de terreno que yo pintaba faltase tan por completo el agua dulce, que la gente tuviese precisión de ir a buscar que beber más allá del mar. Le repliqué que Inglaterra -el lugar amado en que yo habÃa nacido- se calculaba que producÃa tres veces la cantidad de alimento que podrÃan consumir sus habitantes, asà como licores extraÃdos de semillas o sacados, por presión, de los frutos de ciertos árboles, que son excelentes bebidas, y que la misma proporción existe por lo que hace a las demás necesidades de la vida. Mas para alimentar la lascivia y la intemperancia de los machos y la vanidad de las hembras, enviábamos a otros paÃses la mayor parte de nuestras cosas precisas, y recibÃamos a cambio los elementos de enfermedades, extravagancias y vicios para consumirlos nosotros. De aquà se sigue necesariamente que nuestras gentes, en gran numero, se ven empujadas a buscar su medio de vida en la mendicidad, el robo, la estafa, el fraude, el perjurio, la adulación, el soborno, la falsificación, el juego, la mentira, la bajeza, la baladronada, el voto, el garrapateo, la vista gorda, el envenenamiento, la hipocresÃa, el libelo, el filosofismo y otras ocupaciones análogas; términos todos éstos que me costó grandes trabajos hacerle comprender.