Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver He referido la esencia de las varias conversaciones que tuve con mi amo durante la mayor parte del tiempo que me cupo el honor de estar a su servicio; pero, en gracia a la brevedad, he omitido mucho más de lo que he consignado. Cuando ya hube contestado a todas sus preguntas y su curiosidad parecía totalmente satisfecha, mandó a buscarme una mañana temprano, y, mandándome sentar a cierta distancia -honor que nunca hasta allí me había dispensado-, díjome que había considerado seriamente toda mi historia, así en el punto que se refería a mi persona como en el que tocaba a mi país, y que nos miraba como una especie de animales a quienes había correspondido, por accidente que no podía imaginar, una pequeña porcioncilla de razón, de la cual no usábamos sino tomándola de ayuda para agravar nuestras naturales corrupciones y adquirir otras que no nos había dado la Naturaleza. Agregó que las pocas aptitudes que ésta nos había otorgado las habíamos perdido por nuestra propia culpa; habíamos logrado muy cumplidamente aumentar nuestras necesidades primitivas y parecíamos emplear la vida entera en vanos esfuerzos para satisfacerlas con nuestras invenciones. Por lo que a mí tocaba, era manifiesto que yo no tenía la fuerza ni la agilidad de un yahoo corriente; andaba débilmente sobre las patas traseras, y había descubierto un arbitrio para hacer mis garras inútiles e inservibles para mi defensa, y para quitarme el pelo de la cara, que indudablemente tenía por fin protegerla del sol y de las inclemencias del tiempo. En suma: que no podía ni correr con velocidad, ni trepar a los árboles como mis hermanos -así los llamaba él- los yahoos de su país.