Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Este discurso me arrojó en la pena y la desesperación más extremadas; y no pudiendo soportar las angustias que me oprimían, caí desvanecido a los pies de mi amo. Cuando volví en mí díjome que creía que me había muerto, pues aquel pueblo no está sujeto a estas imbecilidades de naturaleza. Contesté con voz apagada que la muerte hubiera sido una felicidad demasiado grande; que, aunque no condenaba la exhortación de la asamblea ni las urgencias de sus amigos, pensaba yo, en mi débil y depravado entendimiento, que hubiera podido compadecerse con la razón un rigor menos extremado. Que yo no era capaz de nadar una legua, y que, probablemente, la tierra más próxima a la suya distaría arriba de un centenar; que faltaban por completo en aquel país muchos de los materiales precisos para hacer una pequeña embarcación en que marchar, lo que intentaría, sin embargo, por obediencia y gratitud a su señoría, aunque juzgaba la cosa imposible, y, de consiguiente, me consideraba ya como destinado a la perdición. Añadí que la segura perspectiva de una muerte cruel era el menor de mis males; pues suponiendo que escapase con vida por alguna extraña aventura, ¿cómo podía pensar con tranquilidad en acabar mis días entre yahoos y caer nuevamente en mis antiguas corrupciones por falta de ejemplos que me condujesen y guiasen por la senda de la virtud? Pero sabía yo demasiado bien que las sólidas razones en que se fundaba toda decisión de los sabios houyhnhnms no podían ser debilitadas por los argumentos de un miserable yahoo como yo; y, por lo tanto, después de darle las gracias más rendidas por el ofrecimiento de sus criados para ayudarme a hacer la embarcación, y rogarle un plazo razonable para trabajo tan difícil, le dije que procuraría salvar un ser miserable como yo era, con la esperanza de si alguna vez volvía a Inglaterra ser útil a mi especie cantando las alabanzas de los gloriosos houyhnhnms y ofreciendo sus virtudes a la imitación de la Humanidad.