Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Mi amo me dio en pocas palabras una amable respuesta; me otorgó un plazo de dos meses para terminar el bote, y ordenó al potro alazán, mi compañero de servidumbre -a esta distancia puedo atreverme a llamarle así-, que siguiese mis instrucciones, pues dije a mi amo que su ayuda sería suficiente y, además, sabía que me tenía cariño.
Mi primer paso fue ir en su compañía a la parte de la costa donde mi tripulación rebelde me había obligado a desembarcar. Me subí a una altura y, mirando hacia el mar en todas direcciones, me pareció ver una pequeña isla al Nordeste; saqué mi anteojo y pude claramente distinguirla a distancia como de cinco leguas, según mi cálculo. Pero al potro alazán le parecía sólo una nube azul; pues, como no tenía idea de que hubiese país ninguno fuera del suyo, no estaba tan diestro en distinguir objetos remotos en el mar como yo, tan familiarizado con este elemento.
Una vez descubierta la isla, no pensé más, sino que resolví que ella fuese, de ser posible, el primer punto de mi destierro, abandonándome luego a la fortuna.