Los Viajes de Gulliver

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El capitán no tenía esposa ni más que tres criados, a los cuales no se permitía servir la mesa; y su conducta obsequiosísima, unida a un clarísimo entendimiento humano, me hicieron en verdad ir tolerando su compañía. Tanto llegó a influir en mí, que me aventuré a mirar por la ventana trasera. Poco a poco me llevó a otra habitación, desde donde me asomé a la calle; pero aparté la cabeza horrorizado. En una semana consiguió que bajase a la puerta. Noté que mi terror disminuía gradualmente, mas parecían aumentar mi odio y mi desprecio. Al fin tuve el valor de pasear por la calle en su compañía, pero tapándome bien las narices con ruda o a veces con tabaco.

A los diez días, don Pedro, a quien yo había dado cuenta de mis asuntos domésticos, me presentó como caso de honor y de conciencia la obligación de volver a mi país natal y vivir con mi mujer y mis hijos. Díjome que había en el puerto un barco inglés próximo a darse a la vela y que él me proporcionaría todo lo preciso. Sería cansado repetir sus argumentos y mis contradicciones. Me hizo observar que era de todo punto imposible encontrar islas solitarias como en la que yo quería vivir; en cambio, dueño en mi casa, podía pasar en ella mi vida tan retirado como me acomodase.



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