La Cosecha

La Cosecha

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35.

¡Aciago día! El clarín yace en el polvo. Fatigado está el viento. ¡Muerta la luz!

¡Acudid, guerreros, con vuestros estandartes! ¡Entonad, cantores, el himno marcial! ¡Allegaos, peregrinos, desde todos los caminos! ¡Apresurad la marcha! Que el clarín aguardándoos yace en el polvo.

Iba yo, camino del templo, con mis ofrendas, en procura de descanso, luego de la sucia jornada. Deseaba restañar la sangre de mis heridas y borrar las manchas de mis ropas. ¡Cuando vi el clarín, que yacía en el polvo!

¿Acaso no era ya hora de que encendiera la lámpara de mi tienda?

¿Por ventura no había ya arrullado la noche a las estrellas? ¡Rosa, rosa roja como la sangre! Las amapolas de mi sueño palidecieron y se marchitaron. Creía que mis andanzas habían terminado y que, por fin, tenía todas mis deudas saldadas. ¡Cuando vi el clarín, qué yacía en el polvo!

¡Vida! ¡Golpea otra vez mi corazón adormecido de tu juventud! ¡Que mi regocijo se reanime en tu inextinguible fuego! ¡Rayos de la aurora, remontaos sobre el corazón de la noche! ¡Conmoved de espanto al paralítico, arrebatad al ciego!

¡Estoy aquí para recoger del polvo tu clarín!


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