El estado judío

El estado judío

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La democracia, sin el útil contrapeso de un monarca, procede sin mesura, en el reconocimiento y en la condena, conduce a la cháchara parlamentaria y a la odiosa clase de los políticos de profesión. Tampoco los pueblos modernos son capaces de regirse por una democracia ilimitada y creo que, en el futuro, lo serán cada vez menos, dado que la democracia pura presupone costumbres sencillas y las nuestras se hacen cada vez más complicadas con el tráfico y la cultura. “Le ressort d’une démocratie est la vertu”, dice el juicioso Montesquieu. ¿Y dónde se encuentra esa virtud? Me refiero a la virtud política.

No creo en nuestra virtud política, porque nosotros no somos diferentes de los demás hombres modernos y porque gozando de la libertad se nos subirán rápidamente los humos a la cabeza. El referéndum lo considero incompleto, puesto que en la política no hay preguntas sencillas a las que se pueda responder simplemente con un sí o un no. Además, las masas están sometidas, en mayor grado que los parlamentos, a todas las creencias erróneas, y se aficionan a cualquier vocinglero.

Ante el pueblo reunido, no se puede hacer política externa ni interna.



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