El estado judÃo
El estado judÃo Para eso hay que hacer, ante todo, tabla rasa de muchos conceptos viejos, repetidos, confusos y limitados. AsÃ, muchos cerebros embotados creerán que la migración tiene que salirse de la civilización para internarse en el desierto. ¡No es cierto! La migración se realiza en medio de la cultura. No se baja a un grado inferior, sino que se asciende a uno superior. No se ocupan chozas de barro, sino casas más hermosas y más modernas, que se construyen de nuevo y se las puede poseer sin peligro. No se pierden los bienes adquiridos, sino que se los valoriza. Se renuncia a un derecho de buena ley a cambio de uno mejor. No se abandona las costumbres queridas, sino que se las vuelve a encontrar. No se deja la casa vieja antes que la nueva esté lista. Emigran solamente los que están seguros de mejorar su posición con ello. Primero, los desesperados; luego, los pobres; luego, los acomodados; luego, los ricos. Los precursores alcanzan la clase superior, hasta que esta última comienza a enviar a sus miembros. La emigración es, al mismo tiempo, un movimiento ascendente de clases. Después de la salida de los judÃos, no surgen obstáculos económicos, ni crisis, ni persecuciones, sino que comienza un perÃodo de prosperidad para los paÃses abandonados. Se inicia un movimiento interno de los ciudadanos cristianos hacia las posiciones abandonadas por los judÃos. La migración es gradual, sin sacudidas y ya su comienzo marca el fin del antisemitismo. Los judÃos se alejan como amigos respetados, y cuando algunos vuelvan más tarde, se les recibirá y tratará, en los paÃses civilizados, con la benevolencia que dispensan a otros extranjeros. Esta emigración no es una huida, sino una marcha ordenada bajo la supervisión de la opinión pública. El movimiento no se ha de iniciar sólo con medios estrictamente legales, sino que ha de ser realizada con la amistosa colaboración de los gobiernos interesados, que resultarán beneficiados.