Amo y criado

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II

El excelente caballo movió el trineo con un ligero chirrido de los patines y, con paso vivo, avanzó por el camino helado y allanado de la aldea.

—¿Adónde te has subido? ¡Dame el látigo, Nikita! —grito Vasili Andreich, que se alegró mucho al ver que su heredero se había encaramado a los patines, en la parte trasera del trineo—. ¡Te vas a enterar! ¡Vuelve en seguida con tu madre, sinvergüenza!

El muchacho saltó al suelo. Mujorti aceleró el paso y en un instante se puso al trote.

La aldea de Kresti, en la que vivía Vasili Andreich, se componía de seis casas. En cuanto dejaron atrás la última, la isba del herrero, se dieron cuenta de que el vendaval era mucho más fuerte de lo que habían imaginado. Ya casi no se veía el camino. Las huellas de los patines en seguida se cubrían de nieve y sólo se podía distinguir el camino porque estaba un poco más alto que el terreno circundante. Había torbellinos de nieve en los campos y no se apreciaba la línea de unión del cielo con la tierra. El bosque de Teliátino, que se divisaba siempre con claridad, sólo negreaba de vez en cuando a través de los remolinos de nieve. El viento soplaba desde la izquierda, empujando con tesón las crines del cuello rígido y lustroso de Mujorti y doblando su suave cola, atada con un simple nudo. El largo cuello del caftán de Nikita, a quien el viento le daba de cara, se le pegaba al rostro y a la nariz.


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