Amo y criado
Amo y criado —Claro que sà —dijo Nikita con un suspiro y, convencido de que no merecÃa la pena seguir escuchando, soltó el cuello del abrigo, que en seguida le cubrió la oreja y el rostro.
Durante media hora viajaron en silencio. El viento se filtraba por los agujeros de la pelliza de Nikita y le daba de lleno en el flanco y el brazo.
Él se encogÃa, respiraba dentro del cuello del abrigo, que le tapaba la boca, y no sentÃa demasiado frÃo.
—¿Qué te parece? ¿Vamos por KaramÃshevo o seguimos recto? —preguntó Vasili Andreich.
El camino que pasaba por KaramÃshevo, más transitado y bien señalizado por una doble hilera de mojones, era más largo. El otro, más corto, apenas lo utilizaba nadie, pues no tenÃa mojones o eran pequeños y estaban cubiertos de nieve.
Nikita se quedó pensativo.
—Por KaramÃshevo se da un poco de vuelta, pero se va mejor —dijo al cabo de un rato.
—SÃ, pero, si seguimos recto, basta con atravesar la cañada sin desviarse y una vez en el bosque el camino es bueno —comentó Vasili Andreich, que preferÃa esa segunda opción.
—Como usted quiera —replicó Nikita y de nuevo soltó el cuello.