Amo y criado

Amo y criado

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Ese año no había caído mucha nieve, por lo que se podía caminar por todas partes, aunque en algunos puntos llegaba hasta las rodillas y se metía en las botas. Nikita tanteaba el terreno con los pies y con el látigo, pero el camino no aparecía por ninguna parte.

—Bueno, ¿qué? —preguntó Vasili Andreich cuando regresó Nikita.

—Por ese lado no hay ningún camino. Voy a ver por el otro.

—Allí al fondo se ve algo negro. Vete a ver qué es.

Nikita se dirigió hacia ese punto y comprobó que la mancha oscura no era más que un puñado de tierra, que el viento había arrastrado desde las desnudas sementeras de invierno y había esparcido sobre la nieve, tiñéndola de negro. Después de andar también un poco por la derecha, Nikita regresó, se sacudió la nieve, se limpió las botas y se sentó.

—Hay que ir a la derecha —dijo con decisión—. Antes el viento soplaba desde el lado izquierdo y ahora me da directamente en el hocico. ¡Vamos por la derecha! —exclamó con firmeza.

Vasili Andreich le obedeció y tomó por la derecha. Pero no había ni rastro del camino. Continuaron en la misma dirección durante un rato. El viento no amainaba y seguía nevando.


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