Amo y criado

Amo y criado

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Durante unos minutos siguieron oyéndose los jadeos del caballo maltratado y los gritos de los campesinos borrachos; luego los jadeos se acallaron, a continuación los gritos, Y volvió a reinar el silencio más absoluto, sólo quebrado por el aullido del viento, que soplaba junto a las orejas, y por el débil chirrido de los patines en los tramos en los que alguna ráfaga había barrido la nieve.

Ese encuentro alegró y animó a Vasili Andreich, que, lleno de confianza en el caballo, empezó a fustigarle con mayor energía, sin fijarse ya en los tocones.

Nikita no tenía nada que hacer y, como siempre en tales casos, se quedó adormilado, para recuperar las muchas horas de sueño perdidas. De pronto el caballo se detuvo y Nikita estuvo a punto de caerse de bruces.

—Otra vez vamos mal —dijo Vasili Andreich.

—¿Por qué?

—No se ven los mojones. Me parece que hemos vuelto a perder el camino.

—En ese caso, tenemos que encontrarlo —dijo lacónicamente Nikita; a continuación se apeó y, torciendo los pies hacia dentro, se puso a andar con desenvoltura por la nieve.

Deambuló durante un buen rato, tan pronto desapareciendo como volviendo a aparecer hasta que finalmente regresó.


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