Amo y criado
Amo y criado —¡De A-a-a…! —gritó uno de los hombres con todas sus fuerzas, a pesar de lo cual no hubo manera de saber lo que había dicho.
—¡Corre! ¡No te quedes atrás! —gritó otro, sin dejar de golpear al caballo con la vara.
—¿Qué, volvéis de las fiestas?
—¡Vamos, vamos! ¡Corre, Siomka! ¡Adelántalos! ¡Corre!
Los trineos chocaron y estuvieron a punto de engancharse; luego se separaron y el de los campesinos empezó a quedarse rezagado.
La peluda y panzuda cabalgadura, toda cubierta de nieve, respiraba con dificultad bajo la duga, no muy alta; con las últimas fuerzas que le quedaban, trataba de escapar en vano de la vara que le golpeaba; hundía las cortas patas en la profunda nieve y la rechazaba. Su joven hocico, con el labio inferior protuberante, como el de los peces, los ollares dilatados y las orejas dobladas por el miedo, fue unos segundos junto al hombro de Nikita, pero luego se quedó atrás.
—¡Hay que ver lo que hace el vodka! —dijo Nikita—. ¡Han cosido a golpes al pobre caballo! ¡Serán paganos!