Amo y criado

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Vasili Andreich entornaba los ojos, inclinaba la cabeza y se esforzaba por divisar los tocones, pero la mayor parte del tiempo dejaba que el caballo eligiera la ruta, porque se fiaba de él y, en efecto, el caballo no se extraviaba, torcía tan pronto a la derecha como a la izquierda, según las curvas del camino, que percibía bajo los cascos. Así pues, a pesar de que la nieve arreciaba y el viento soplaba con mayor fuerza, seguían viendo los tocones, ya a un lado, ya a otro.

Siguieron de ese modo unos diez minutos. De pronto, delante mismo del caballo, surgió algo negro que se movía en la cortina oblicua de la nieve, zarandeada por el viento. Era otro trineo. Mujorti lo alcanzó y golpeó con los cascos la parte trasera del asiento.

—¡Pasa-a-a-a! —gritaron desde el trineo.

Vasili Andreich inició la maniobra de adelantamiento. En el trineo iban tres hombres y una mujer. Probablemente volvían de las fiestas. Uno de los hombres fustigaba con una vara la grupa cubierta de nieve del caballo, mientras los otros dos, sentados enfrente, agitaban los brazos y gritaban. La mujer, arrebujada en el abrigo y cubierta de nieve de la cabeza a los pies, iba sentada en la parte trasera del trineo, con aire sombrío, y no se movía.

—¿De dónde sois? —gritó Vasili Andreich.

—¡De A-a-a…! —fue lo único que se oyó.

—¡Os pregunto que de dónde sois!


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