Amo y criado
Amo y criado —Sólo le falta hablar —comentó Nikita—. ¡FÃjese en lo que hace! ¡Vamos, vamos! ¡Ya lo creo que sabes el camino! ¡AsÃ, asÃ! —el viento empezó a soplar de espaldas y la sensación de frÃo disminuyó—. ¡Qué listo es! —siguió Nikita con sus elogios—. Nuestro kirguizo es fuerte pero estúpido. En cambio éste, mire cómo mueve las orejas. No necesita ver los postes del telégrafo. Huele el camino a una versta de distancia.
No habÃa pasado media hora cuando delante de ellos empezó a divisarse una mancha negra, tal vez un bosque o una aldea, y a la derecha volvieron a aparecer los mojones. Por lo visto, habÃan vuelto de nuevo al camino.
—Estamos otra vez en GrÃshkino —dijo de pronto Nikita.
En efecto, a la izquierda se alzaba el mismo granero de cuyo tejado caÃa la nieve y algo más adelante la misma cuerda con la ropa congelada: las camisas y los calzones seguÃan agitándose desesperadamente a merced del viento.
Volvieron a internarse en la calle y de nuevo todo se volvió sereno, tibio y alegre; volvieron a ver el camino manchado de estiércol, oyeron voces, canciones, ladridos. HabÃa oscurecido tanto que en algunas ventanas brillaban las luces.