Amo y criado
Amo y criado Una vez recorrida la mitad de la calle, Vasili Andreich dirigió el caballo hacia una casa grande de ladrillo, compuesta de dos cuerpos, y se detuvo delante del porche.
Nikita se acercó a una ventana iluminada y cubierta de nieve, a cuya luz se arremolinaban y centelleaban los copos, y llamó con el mango del látigo.
—¿Quién está ahí? —preguntó una voz, en respuesta a los golpes.
—Brejunov, buen hombre, de la aldea de Kresti —respondió Nikita—. ¡Sal un momento!
La figura se alejó de la ventana; al cabo de un par de minutos se oyó cómo se abría la puerta del vestíbulo, luego el cerrojo de la puerta de entrada chirrió y en el umbral, sujetando la puerta del empuje del viento, apareció un mujik alto y viejo, de barba canosa, con una pelliza por encima de una camisa blanca de fiesta; detrás había un muchacho con una camisa roja y unas botas de cuero.
—¿Es posible que seas tú, Andreich? —preguntó el anciano.
—Nos hemos perdido, amigo —respondió Vasili Andreich—. Queríamos ir a Goriáchkino y acabamos aquí. Lo intentamos otra vez y volvimos a perdernos.
—Qué manera de dar vueltas —dijo el anciano—. ¡Petrushka, vete a abrir la cancela! —añadió, dirigiéndose al muchacho de la camisa roja.