Amo y criado
Amo y criado —Ahora mismo —respondió el muchacho, con voz alegre, y salió corriendo al zaguán.
—No vamos a pasar aquí la noche, amigo —dijo Vasili Andreich.
—¿Y adónde vas a ir ahora? ¡Ya ha oscurecido!
—Me gustaría quedarme, pero tengo que seguir. Los asuntos me reclaman, amigo.
—Al menos pasa a calentarte un poco; acabamos de preparar el samovar —dijo el anciano.
—Está bien —dijo Vasili Andreich—. No creo que la oscuridad aumente; al contrario, cuando salga la luna, habrá algo más de claridad. ¿Qué, Nikita? ¿Entramos un momento a calentarnos?
—Por qué no —dijo Nikita, que estaba aterido de frío y deseaba desentumecer sus miembros.
Vasili Andreich siguió al anciano al interior de la isba, mientras Nikita atravesaba la cancela que le había abierto Petrushka y, siguiendo su consejo, llevaba el caballo al cobertizo. El suelo estaba cubierto de una capa de estiércol y la alta duga tropezó con una percha. Las gallinas y el gallo que se habían posado allí para pasar la noche cacarearon malhumorados y se aferraron con las patas a la madera. Las ovejas, alarmadas, pisoteando el estiércol helado, se dirigieron todas a un extremo del cobertizo. El perro lanzó un aullido desesperado, en el que vibraban el temor y rabia, y luego se puso a ladrar como un cachorro al extraño.