Amo y criado

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—¡Bueno, si hay que pasar aquí la noche, la pasamos! —dijo con determinación—. Espera, voy a poner también una bandera —añadió, cogiendo el pañuelo, que se había arrancado del cuello y había tirado en el trineo; a continuación, quitándose los guantes, se puso de pie en el pescante y, estirándose para llegar a la sufra, lo ató con todas sus fuerzas.

Inmediatamente el pañuelo empezó a ondear desesperadamente, tan pronto pegándose a las varas como hinchándose, extendiéndose y tremolando.

—¿Has visto qué fácil? —dijo Vasili Andreich, admirando su propia obra y apeándose del trineo—. Estaríamos más calientes si nos sentáramos juntos, pero aquí no cabemos los dos —añadió.

—Encontraré un sitio —dijo Nikita—, pero antes hay que cubrir al caballo; el pobrecito está empapado en sudor. Apártate un momento —añadió, acercándose al trineo y tirando de la manta, que estaba debajo de Vasili Andreich. A continuación la dobló en dos y tapó a Mujorti con ella, después de quitarle el sillín y la retranca—. Así estarás más abrigado, tonto —decía, mientras le ponía de nuevo el sillín y la retranca, por encima de la manta—. ¿No necesita la arpillera? Deme también un poco de paja —dijo Nikita, acabando su labor y acercándose al trineo.


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