Amo y criado
Amo y criado —Ahora pondremos una señal —dijo Nikita, situando el trineo de cara al viento; a continuación, atando las varas con la sufra, las apoyó en el pescante—. AsÃ, si nos cubre la nieve, algún hombre de bien las verá y nos desenterrará —dijo Nikita, sacudiéndose las manoplas y poniéndoselas—. ¡Asà nos lo han enseñado los mayores!
Entre tanto, Vasili Andreich se habÃa desabotonado la pelliza y, protegiéndose del viento con el faldón, encendÃa una cerilla tras otra en la cajita de acero, pero las manos le temblaban y el viento las apagaba antes de que tuviera tiempo de acercar el cigarrillo. Al final consiguió encender una —iluminando por un instante la piel de su pelliza, su mano con un anillo de oro en el Ãndice doblado y la paja de avena, cubierta de nieve, que asomaba por debajo de la manta— y prendió el cigarro. Aspiró dos veces con avidez, tragó el humo y lo echó a través de los bigotes; quiso tomar otra chupada, pero una ráfaga de viento le arrancó el tabaco encendido y se lo llevó tan lejos como la paja.
No obstante, esas pocas caladas bastaron para alegrarle.