Amo y criado

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VI

Vasili Andreich no tenía ningún frío con sus dos pellizas, sobre todo después del esfuerzo que había hecho para sacar el trineo del montón de nieve; pero un escalofrío le recorrió la espalda cuando comprendió que realmente tenían que pasar la noche allí. Para tranquilizarse, se sentó en el trineo y sacó los cigarrillos y las cerillas.

Entre tanto, Nikita desenganchaba el caballo. Aflojó la cincha y la sufra, desató las riendas, le quitó los tirantes, dio la vuelta a la duga y, mientras hacía todo eso, no dejaba de hablar con el caballo, dándole ánimos.

—Vamos, sal, sal —decía, sacándole de las varas—. Ahora te ataremos aquí y te daré un poco de paja. Cuando comas un poco, te sentirás más alegre.

Pero era evidente que la inquietud de Mujorti no disminuía con los discursos de Nikita. Descargaba el peso del cuerpo tan pronto en una pata como en otra, se apretaba al trineo, se ponía de espaldas al viento y restregaba la cabeza contra la manga de Nikita.

Luego, como si no quisiera apenarle rechazando la paja que le había acercado al hocico, Mujorti, con un movimiento brusco, cogió un bocado del trineo, pero en ese mismo instante decidió que no era momento de pensar en comida y la soltó; el viento la dispersó al instante, llevándola lejos y cubriéndola de nieve.


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