Amo y criado

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Y la idea de que podría tener tantos millones como Mirónov, que había empezado de la nada, excitó tanto a Vasili Andreich que sintió la necesidad de hablar con alguien. Pero no tenía con quién… Si hubiera llegado a Goriáchkino, habría podido hablar un poco con el propietario y le habría enseñado un par de cosas.

«¡Menudo vendaval! Va a caer tanta nieve sobre nosotros que por la mañana no seremos capaces de salir», pensó, prestando oídos al aullido del viento, que azotaba el pescante, doblándolo y cubriendo de nieve sus tablas. Se incorporó y miró a su alrededor: en la blanca y ondulante oscuridad sólo se veía la negra cabeza de Mujorti, su grupa, cubierta con la tremolante manta, y la espesa cola anudada; por todas partes, delante y detrás, se extendía la misma oscuridad, uniforme, blanca y oscilante, que unas veces parecía aclararse un poco y otras hacerse aún más densa.

«He hecho mal obedeciendo a Nikita —se decía—. Teníamos que haber seguido; a alguna parte habríamos llegado. Al menos podíamos haber vuelto a Gríshkino para pernoctar en casa de Tarás. Ahora vamos a tenernos que quedar aquí la noche entera. Pero ¿qué era eso tan agradable en lo que estaba pensando? Ah, sí, que Dios recompensa a los que se afanan y no a los holgazanes ni a los gandules ni a los estúpidos. Tengo que fumarme un cigarro.»


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