Amo y criado
Amo y criado Al poco rato sintió como si alguien le estuviese sacudiendo y se despertó. Ya fuera que Mujorti hubiera cogido un poco de paja del trineo o que algo se hubiera agitado en su interior, el caso es que en cuanto se despertó el corazón empezó a latirle tan deprisa y con tanta fuerza que tuvo la impresión de que el trineo se estremecía debajo de él. Abrió los ojos. A su alrededor todo seguía igual que antes, aunque parecía como si hubiese un poco más de luz. «Está clareando —pensó—; no tardará mucho en amanecer.» Pero en ese mismo instante se dio cuenta de que esa claridad se debía a que había salido la luna. Se incorporó y se fijó primero en el caballo. Mujorti seguía de espaldas al viento, temblando con todo el cuerpo. Un extremo de la manta, que estaba totalmente cubierta de nieve, se había doblado, la retranca se había vencido de un lado y la cabeza, cubierta de nieve, con su copete y sus crines alborotadas, se veía mejor que antes. Vasili Andreich se inclinó sobre el respaldo del trineo y echó un vistazo. Nikita seguía sentado en la misma posición. La arpillera con la que se había tapado y las piernas estaban sepultadas por una espesa capa de nieve. «Esperemos que no se congele; va muy poco abrigado. Tendría que responder de él. El pueblo es tan ignorante. ¡Qué falta de instrucción! —pensó y le entraron ganas de quitarle la manta al caballo y cubrir a Nikita, pero hacía demasiado frío para levantarse y moverse; además, temía que el caballo se congelase—. ¿Para qué lo habré traído? ¡Todo por la estupidez de mi mujer! —pensó Vasili Andreich, acordándose de su esposa, a la que no quería. Volvió a tumbarse en el mismo lugar de antes, junto al pescante del trineo—. Una vez mi tío pasó toda la noche en medio de la nieve —recordó— y no le sucedió nada. En cambio, cuando desenterraron a Sebastián —se dijo, rememorando otro caso—, estaba muerto y totalmente rígido, como una res congelada. Si me hubiera quedado en Gríshkino a pasar la noche, no habría sucedido nada.»