Amo y criado
Amo y criado Y, tras envolverse cuidadosamente en la pelliza para que el calor de la piel no se perdiese y le caldeara todo el cuerpo —el cuello, las rodillas y los pies—, cerró los ojos y trató de quedarse dormido. Pero, por más que lo intentó, no conseguÃa conciliar el sueño; al contrario, se sentÃa completamente despierto y animado. De nuevo se puso a calcular las ganancias, el dinero que le debÃan unos y otros; de nuevo empezó a jactarse, sintiéndose muy contento de sà mismo y de su posición; pero ahora todas esas consideraciones se veÃan constantemente interrumpidas por un temor sordo y por el remordimiento de no haberse quedado en GrÃshkino. «De haberlo hecho, ahora estarÃa acostado en un banco, bien abrigado.» Se volvió varias veces, tratando de buscar la postura más cómoda y de protegerse mejor del viento, pero la sensación de incomodidad no le abandonaba; volvió a incorporarse, se dio la vuelta, se envolvió mejor las piernas, cerró los ojos, se quedó inmóvil. Pero tan pronto las piernas embutidas en las rÃgidas botas de fieltro empezaban a dolerle como alguna parte del cuerpo quedaba expuesta al viento; además, en cuanto se quedaba tumbado un rato, de nuevo le importunaba el pensamiento de que podrÃa estar tranquilamente en aquella isba caldeada de GrÃshkino; entonces se incorporaba otra vez, se giraba, se arrebujaba en la pelliza y volvÃa a tumbarse.