Amo y criado
Amo y criado Cuando Vasili se subió al caballo y movió el trineo, en cuya parte trasera se apoyaba Nikita, éste recibió un golpe en la espalda de uno de los patines; se despertó y no tuvo más remedio que cambiar de postura. Estirando con dificultad las piernas y sacudiéndose la nieve, se incorporó y en ese mismo instante un frío espantoso le penetró por todo el cuerpo. Cuando comprendió lo que estaba pasando, quiso decirle a Vasili Andreich que le dejara la manta para cubrirse, pues el caballo ya no la necesitaba, y eso fue lo que gritó.
Pero Vasili Andreich no se había detenido y había desaparecido entre los remolinos de nieve.
Una vez solo, Nikita pensó por un momento en lo que debía hacer. No tenía fuerzas para ir a buscar un lugar habitado. Tampoco podía volverse a sentarse en el lugar de antes, porque la nieve lo había cubierto por entero. Y se daba cuenta de que en el trineo no entraría en calor, porque no tenía nada con lo que cubrirse, y su caftán y su pelliza ya no le abrigaban ni siquiera un poco. Tenía tanto frío como si sólo llevara puesta una camisa. Se sintió aterrorizado.
«¡Señor, Padre celestial!», exclamó, y la conciencia de que no estaba solo, de que alguien le escuchaba y no le abandonaría, le tranquilizó. Emitió un profundo suspiro y, sin quitarse la arpillera de la cabeza, se deslizó en el interior del trineo y se tumbó en el lugar que antes ocupara su amo.