Amo y criado

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De nuevo surgió ante él una mancha negra. Se alegró mucho, pues estaba convencido de que esa vez se trataba sin duda de una aldea. Pero una vez más era una linde con unas matas de ajenjo, cuyas ramas secas se debatían desesperadamente, llenándole de un horror inexplicable. Pero no sólo ese arbusto era igual al anterior, sino que a su lado había unas huellas de caballo, que la nieve iba recubriendo. Vasili Andreich se detuvo, se inclinó y miró con atención: esas huellas que empezaban a borrarse no podían ser más que de su propia montura. Por lo visto, había girado en círculo en un pequeño espacio. «Si sigo así, estoy perdido», pensó, pero, para que el miedo no se apoderara completamente de él, azuzó al caballo con mayor decisión, fijando la mirada en los tenebrosos campos nevados, en los que le parecía distinguir unos puntos luminosos que desaparecían en cuanto les prestaba atención. En una ocasión creyó oír el ladrido de un perro o el aullido de un lobo, pero lo distinguió de forma tan vaga e indistinta que no sabía si lo oía de verdad o era producto de su imaginación; se detuvo y aguzó el oído.






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