Ana Karenina

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Levin, avergonzado, pero ya tranquilo, volvió a su hotel. Su hermano, Daria Alejandrovna y Esteban Arkadievich le estaban esperando para bendecirle con el icono. No había tiempo que perder. Daria Alejandrovna tenía que ir a casa para recoger a su hijo, el cual, muy compuesto y pulido, con el pelo rizado, debía llevar la santa imagen acompañando a la novia.

Además, había que buscar un coche para enviarlo al padrino de boda y hacer volver al que se llevaría Sergio Ivanovich… Había, pues, muchas cosas importantes en que pensar. Era preciso no perder tiempo, porque eran ya las seis y media.

La ceremonia de la bendición careció de seriedad. Oblonsky se puso al lado de su mujer en una actitud solemne y cómica a la vez, levantó la imagen y, ordenando a Levin que se arrodillase, le bendijo con bondadosa e irónica sonrisa y le besó tres veces. Dolly hizo lo mismo, pero de una manera precipitada y disponiéndose a partir en seguida, preocupada con el enredado asunto de los coches.

–He aquí lo que podemos hacer –dijo dirigiéndose a su marido––: tú ve con nuestro coche a buscar al niño, y Sergio Ivanovich tendrá la amabilidad de ir allá y hacemos enviar el coche después.

–Con mucho gusto.


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