Ana Karenina
Ana Karenina A la derecha de la iglesia caldeada, entre fracs y corbatas blancas, uniformes de gala, sedas, terciopelos, satenes, cabellos, flores, hombros y brazos descubiertos y largos guantes, se elevaba un murmullo contenido y animado que resonaba extrañamente bajo la alta cúpula.
Cada vez que se sentía el chirrido de la puerta al abrirse, disminuía el murmullo y todos volvían la cabeza esperando ver aparecer a los novios.
Pero la puerta se abrió aún más de diez veces y siempre era un invitado o invitada atrasados que se sumaban al círculo de los concurrentes, a la derecha; o bien alguna señora del público que, engañando al oficial de policía o con permiso de él, se unía a los extraños, a la izquierda.
Los allegados y el público en general habían pasado por todas las fases de la espera.
Suponían al principio que los novios llegarían de un instante a otro y no daban importancia al retraso.
Pero luego miraban más frecuentemente hacia las puertas preguntándose si no habría sucedido algo.
Al fin, la tardanza comenzó a parecer ya inconveniente y parientes a invitados procuraron simular que no se preocupaban ya de los novios y que sólo les interesaban las propias conversaciones.