Ana Karenina

Ana Karenina

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Por la mirada de Ana, Vronsky comprendió que ella no sabía los términos en que él deseaba quedar con Golenischev y que temía no comportarse como él deseaba.

La contempló con mirada larga y suave.

–No, no mucho –contestó.

Ana creyó comprender que él estaba satisfecho de ella; y, dirigiéndole una sonrisa, salió con rápido paso.

Los amigos se miraron con cierta confusión en el rostro, como si Golenischev, admirando a Ana, quisiera decir algo de ella sin saber qué, y como si Vronsky lo deseara y a la vez lo temiera.

–Sí… –empezó Vronsky, para entablar conversación–. ¿Conque vives aquí? ¿Sigues trabajando en lo mismo? –continuó, recordando que Golenischev le había dicho que escribía.

–Sí, estoy escribiendo la segunda parte de Los dos principios –respondió Golenischev, satisfechísimo al oír la pregunta–. Para ser más exacto, no escribo aún: preparo y selecciono el material. Será un libro muy vasto. Tratará casi sobre todos los problemas. En Rusia no quieren comprender que somos herederos de Bizancio.

Y Golenischev inició una explicación larga y animada.


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