Ana Karenina
Ana Karenina Ana se ruborizó cuando Vronsky le presentó a su amigo, y el infantil rubor que cubrió su rostro bello y franco cautivó a Golenischev. Lo que más le impresionó, sin embargo, fue que ella, como para no dejar
duda alguna en presencia de extraños, llamó en seguida «Alexey» a Vronsky y dijo que iban a vivir juntos en una casa alquilada que allí llamaban palazzo.
Tan simple y recto modo de proceder impresionó agradablemente a Golenischev, quien, reparando en los modales de Ana, resueltos, francos y alegres, y conociendo como conocía a Karenin y a Vronsky, pareció comprenderla muy bien; y hasta pareció comprender lo que ella no podía en modo alguno: el que pudiese mostrarse tan decididamente alegre y feliz a pesar de haber causado la desgracia de su esposo, abandonándole a él y a su hijo, y haber perdido su buena fama.
–Ese palacio se menciona en la guía –dijo Golenischev, refiriéndose al que alquilaba Vronsky–. Hay un excelente Tintoretto de los últimos años del pintor.
–Hoy hace muy buen día. Vayamos y veremos la casa una vez más –propuso Vronsky a Ana.
–Con mucho gusto. Voy a ponerme el sombrero. ¿Dice que hace calor? –preguntó ella, parándose en la puerta y mirando a Vronsky interrogativa.
Y el rubor cubrió otra vez sus mejillas.