Ana Karenina
Ana Karenina Él, tan enérgico en su trato con ella, no sólo no la contrariaba nunca, sino que parecía no tener voluntad y ocuparse únicamente de cumplir sus deseos. Y Ana, aunque la intensidad de la atención que le consagraba, la atmósfera de cuidados en que la envolvía, llegaran, a veces, a fatigarla, no podía dejar de agradecérselo.
En cuanto a Vronsky, aunque se había realizado lo que deseara por tanto tiempo, no era feliz. No tardó en advertir que la realización de sus deseos no le procuraba más que un grano de la montaña de dicha que esperó. ¡Eterna equivocación del hombre que espera la felicidad del cumplimiento de sus anhelos! Al principio de unirse Vronsky a Ana y vestir el traje civil, sintió el atractivo de una libertad general que antes no conocía, así como la libertad en el amor, y fue feliz, mas por poco tiempo.
En breve sintió nacer en su alma el deseo de los deseos: la añoranza. Involuntariamente se asía a todos los caprichos pasajeros considerándolos como deseo y fin. Tenía que ocupar en algo las dieciséis horas hábiles del día, ya que vivían en plena libertad, fuera del círculo de vida social que ocupara su tiempo en San Petersburgo.