Ana Karenina
Ana Karenina
El viejo y abandonado palazzo –de altos techos, frescos en los muros y suelo de mosaico, con grandes cortinas de seda en las altas ventanas, jarrones en las consolas y chimeneas de puertas esculpidas con lóbregas y desiertas estancias llenas de cuadros–, desde que se instalaron en él, mantenÃa en Vronsky la agradable equivocación de que no era un propietario ruso y un coronel retirado, sino un aficionado exquisito, un mecenas, y hasta un pintor modesto que abandonaba el mundo, relaciones y ambiciones por la mujer amada.
Al trasladarse al palacio, el papel elegido por él halló su ambiente adecuado. Por medio de Golenischev conoció a varias personas interesantes, y durante los primeros tiempos se sintió a gusto.
Pintaba apuntes del natural bajo la dirección de un profesor italiano y estudiaba la vida medieval de Italia. Últimamente, aquélla le habÃa cautivado hasta el punto de empezar a usar el sombrero al descuido y la capa sobre los hombros, como en el medioevo italiano, lo que le sentaba admirablemente.
