Ana Karenina
Ana Karenina –Quisiera decirte una cosa… ––empezó la Princesa.
Por el rostro grave de su madre, Kitty adivinó de lo que se trataba.
–Mamá ––dijo, volviéndose rápidamente hacia ella–. Le pido, por favor, que no me hable nada de eso. Lo sé; lo sé todo…
Anhelaba lo mismo que su madre, pero los motivos que inspiraban los deseos de ésta le disgustaban.
–Sólo querÃa decirte que si das esperanzas al uno…
–Querida mamá, no me diga nada, por Dios. Me asusta hablar de eso…
–Me callaré –dijo la Princesa, viendo asomar las lágrimas a los ojos de su hija–. Sólo quiero que me prometas una cosa, vidita mÃa: que nunca tendrás secretos para mÃ. ¿Me lo prometes?
–Nunca, mamá –repuso Kitty, ruborizándose y mirando a su madre a la cara–. Pero hoy por hoy no tengo nada que decirte… Yo… Yo… Aunque quisiera decirte algo, no sé qué… No, no se que, ni como…
«No, con esos ojos no puede mentir», pensó su madre, sonriendo de emoción y de contento. La Princesa sonreÃa, además, ante aquello que a la pobre muchacha le parecÃa tan inmenso y trascendental: las emociones que agitaban ahora su alma.