Ana Karenina
Ana Karenina –Y ahora espero que mi madre llegue de San Petersburgo como una gran felicidad –añadió.
Kitty lo relató sin dar importancia a tales palabras. Pero su madre las veÃa de diferente manera. SabÃa que él esperaba a la anciana de un momento a otro, suponiendo que ella estarÃa contenta de la elección de su hijo, y comprendÃa que el hijo no pedÃa la mano de Kitty por temor a ofender a su madre si no la consultaba previamente. La Princesa deseaba vivamente aquel matrimonio, pero deseaba más aún recobrar la tranquilidad que le robaban aquellas preocupaciones.
Mucho era el dolor que le producÃa la desdicha de Dolly, que querÃa separarse de su esposo, pero, de todos modos, la inquietud que le causaba la suerte de su hija menor la absorbÃa completamente.
La llegada de Levin añadió una preocupación más a las que ya sentÃa. TemÃa que su hija, en quien apreciara tiempo atrás cierta simpatÃa hacia Levin, rechazara a Vronsky en virtud de escrúpulos exagerados.
En resumen: consideraba posible que, de un modo a otro, la presencia de Levin pudiese estropear un asunto a punto de resolverse.
–¿Hace mucho que ha llegado? –preguntó la Princesa a su hija, refiriéndose a Levin, cuando volvieron a casa.
–Hoy, mamá.