Ana Karenina
Ana Karenina Para los que no tenÃan hijas era muy fácil hablar asÃ, pero la Princesa comprendÃa que si su hija trataba a los hombres con libertad, podÃa muy bien enamorarse de alguno que no la amara o que no le conviniera como marido. Tampoco podÃa aceptar que las jóvenes arreglasen su destino por sà mismas. No podÃa admitirlo, como no podÃa admitir que se dejase jugar a niños de cinco años con pistolas cargadas. Por todo ello, la Princesa estaba más inquieta por Kitty que lo estuviera en otro tiempo por sus hijas mayores.
Al presente, temÃa que Vronsky no quisiera ir más allá, limitándose a hacer la corte a su hija. Notaba que Kitty estaba ya enamorada de él, pero se consolaba con la idea de que Vronsky era un hombre honorable.
ReconocÃa, no obstante, cuán fácil era trastornar la cabeza a una joven cuando existen relaciones tan libres como las de hoy dÃa, teniendo en cuenta la poca importancia que los hombres conceden a faltas de este género.
La semana anterior, Kitty habÃa contado a su madre una conversación que tuviera con Vronsky mientras bailaban una mazurca, y aunque tal conversación calmó a la Princesa, no se sentÃa tranquila del todo.
Vronsky habÃa dicho a Kitty que su hermano y él estaban tan acostumbrados a obedecer a su madre que jamás hacÃan nada sin pedir su consejo.