Ana Karenina
Ana Karenina
HacÃa tiempo que Ana y Vronsky cambiaban miradas, cansados de la erudita charla de su amigo.
Al fin, Vronsky se acercó a un pequeño cuadro sin esperar a que el pintor le invitara.
–¡Oh, qué hermoso, qué hermoso! ¡Qué encanto! ¡Qué maravilla! –exclamaron al unÃsono él y Ana.
«¿Qué les habrá gustado tanto?», se preguntó Mijailov, que no se acordaba ya de aquel cuadro, pintado por él tres años antes. Los sufrimientos que le habÃa costado y los entusiasmos que despertara en él en aquellos meses que le tuvo absorbido noche y dÃa, estaban olvidados, como los olvidaba siempre apenas terminaba su obra. En cuanto a aquélla, incluso le desagradaba verla y la habÃa expuesto únicamente porque esperaba la visita de un inglés que querÃa comprarlo.
–Es un estudio de hace tiempo –dijo.
–Es admirable –afirmó Golenischev, notándose que sentÃa con sinceridad la fascinación de aquel lienzo.
Dos niños, al pie de un alto arbusto, pescaban con caña. El mayor acababa de tender la suya y en aquel instante, colocado detrás de un arbusto, iba sacando el hilo con atención concentrada a fin de no perder el corcho de vista.
