Ana Karenina

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La convicción de que Vronsky tenía talento se afirmaba tanto más en Golenischev cuanto que él mismo necesitaba elogios y apoyo moral de parte de su amigo para obtener elogios de sus ideas en artículos de prensa. Y Golenischev opinaba que los elogios y ayuda debían ser recíprocos.

Mijailov, en casa ajena, y sobre todo en el palazzo de Vronsky, resultaba un hombre diferente por completo a como era en su estudio. Se mostraba desagradablemente respetuoso, cual si temiera mantener amistad con gente a quien no respetaba.

Trataba de excelencia a Vronsky y jamás, pese a las repetidas invitaciones de él y de Ana, se quedaba a comer cuando iba a las sesiones.

Ella mostraba a Mijailov, a causa de su retrato, una profunda gratitud y lo trataba con mayor amabilidad que a los otros.

Vronsky transcendía esa cualidad y era evidente que le interesaba conocer la opinión que el pintor tenía sobre su cuadro. Golenischev no perdía ocasión de imbuir a Mijailov las verdaderas ideas sobre el arte.


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